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Milodón Debe Retornar a Magallanes

8 agosto, 2018

Captura de pantalla 2018-08-08 a la(s) 14.00.58.pngLos restos del milodón de Puerto Natales permanecen guardados en el Museo Británico de Londres y es ahora en que el Gobierno pedirá la repatriación de un moai, donde se debe aprovechar la coyuntura y solicitar el regreso de la piel, la cola y los hueses de este animal tan emblemático para la Patagonia. Este artìculo lo escribí en 2011 cuando conocì los restos en el Reino Unido.

Era como un dinosaurio, muy alto, de casi 3 metros, bravo, salvaje y corajudo para sobrevivir en la Patagonia. Ese es el concepto que muchos magallánicos tenemos del milodón, nuestro propio rey de la selva, el mismo que deambuló por las pampas de coirón, la turba y las gigantes estepas del duro clima austral. Ese animal ha sido como una leyenda para mi vida. Varias veces estuve en Natales, cerca de la cueva y tengo innumerables fotos con el milodón de madera que -pensemos- se asemeja al que hace 10 mil años existió.

Casi como un cuento, siempre me dijeron que los ingleses se habían llevado los restos de piel y los huesos para realizar experimentos e investigaciones. Y de alguna manera las leyendas urbanas haces sentido cuando uno -al otro lado del mundo, en pleno Londres- pregunta en el Museo de Historia Natural por “el Milodón de South America”.

El bicho grande de la Patagonia está en los registros computacionales, pero no en exhibición. Mi insistencia y mi tesón implorando que era de Magallanes y necesitaba ver el esqueleto del animal, me ayudó a que una mujer de piel negra, cincuentona y con acento africano, se apiadara de mí y comenzara a hacer una serie de llamados telefónicos que me permitieron concertar una cita con el hombre que manda en la sección donde también se alojan dinosaurios.

El museo británico es gigante, unas tres veces el tamaño del módulo central de Zona Franca, por eso es que recién después de caminar unos 400 metros encontré a Mr. Andy Currant, un hombre grande -no sólo por su trayectoria- debe pesar más de 100 kilos, es jubilado y recontratado por el museo para seguir custodiando los miles de huesos que hay en el departamento de Paleontología. Es algo así como una morgue repleta de esqueletos fósiles cuya data sobrepasan los 5 mil años.

Con Currant trabamos amistad de inmediato. Había estado en Punta Arenas –también en Natales- en la Umag y además conocía muy bien al arqueólogo del Instituto de la Patagonia Alfredo Prieto Iglesias. Creo que el hombre se encariñó conmigo porque comenzó a mostrarme aquellas piezas arqueológicas que siempre están vetadas para los simples mortales. Primero sacó una caja, que no debe ser más grande que esas ochenteras donde venían 6 pollos, y me mostró un trozo de piel. Era dura, de pelo corto y de color rubio; tenía olor a viejo, pero se conservaba en perfecto estado. Con eso yo estaba satisfecho, pero Currant -que no me cabe duda es el padre británico de nuestro milodón- quería mostrarme mucho más.

En un pasillo estrecho y oscuro, uno de los estantes tiene el rótulo de “Mylodon Darwinii”. Está con llave. Lo que allí se guarda es de valor, por eso es que Currant recurre a su manojo, desbloquea los mecanismos de seguridad y comienza a mostrarme cajones con cientos de huesos de diferentes milodones que habitaron la Patagonia. Allí hay dientes, pedazos de piernas, costillas, pelo, vestigios de milodones recién nacidos e incluso la caca encontrada en una de las cavernas del sur del mundo.

Lo que más me llamó la atención fue un pedazo de la cola: era dura, muy gruesa, con pelo pero también con una textura similar a una plastilina repleta de piedras. Eso -según me explica Mr. Currant- es porque los milodones usaban la cola para cazar y también para pelear con otros animales.

Hoy día me siento un privilegiado, un magallánico que cierra un ciclo de conocimiento tal como espero puedan experimentarlo mis coterráneos que pronto recibirán una visita itinerante de estos vestigios. Será sólo por unos meses, un tiempo suficiente para interiorizarse de nuestra historia y sentirnos aún más orgullosos de la tierra que nos vio nacer.

*Este artículo fue publicado en el diario El Magallanes en mayo de 2011.

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